miércoles, 26 de marzo de 2008

Semana Santa en Cartagena: Retazos de Pasión

Pedro ¿niegas conocer a tu Maestro, tú que decías que irías con Él a la muerte si fuera necesario? ¿Dónde está tu resolución, tu afecto? ¿Ante una mujer te acobardas? “Ante una mujer no, sino ante los que la rodean por el temor de que, por lo que ella dice, me apresen y corra la misma suerte que Jesús.”

¡Ah eso es lo que temes, Pedro! Seguías a Jesús, te gozabas en su compañía y te deleitabas con sus palabras. Todo eso hacías en las buenas. Pero ahora que vienen las malas, te asustas, temes estar con tu Maestro a quien tanto amas, temes correr la misma suerte que Él.

Pero ¿qué habríamos hecho nosotros en su caso?

Los soldados que habían sido mandados por los líderes religiosos al huerto de Getsemaní trajeron a Jesús al sumo sacerdote y a los otros líderes religiosos. Allí lo acusaron de muchas cosas. Las acusaciones eran falsas y no estaban de acuerdo. Entonces Jesús no contestó a ninguno. Al fin el sumo sacerdote le preguntó, “¿Eres tú el Cristo, el Prometido, el Rey de los judíos?”

Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz».

Le dice Pilato: «¿Qué es la verdad?». Con esto, el Procurador romano consideró terminado el interrogatorio. Volvió a salir donde los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en él» (cf. Jn 18,33-38).
El drama de Pilato se oculta tras la pregunta: ¿qué es la verdad?

El pueblo miraba mientras los líderes religiosos se burlaban de Jesús, diciendo, “El pudo salvar a otros; ¡que se salve a sí mismo si de veras es el Prometido de Dios.” Otros se burlaron diciendo, “Él confía en Dios, deja que Dios lo salve si de veras es el Hijo de Dios

Jesús, tu cargaste esa cruz tan pesada sobre tu hombro herido, y sin embargo, el peso de la cruz era mi pecado, así que yo me arrepiento de mis pecados y te ruego que me concedas tu Salvación. Perdóname Señor porque te he fallado al no hacer tu Santa Voluntad

El vestido confieere al hombre una posición social; indica su lugar en la sociedad, le hace ser alguien. Ser desnudado en público significa que Jesús no es nadie, no es más que un marginado, despreciado por todos. El momento de despojarlo nos recuerda también la expulsión del paraíso: ha desaparecido en el hombre el esplendor de Dios y ahora se encuentra en mundo desnudo y al descubierto, y se avergüenza. Jesús asume una vez más la situación del hombre caído. Jesús despojado nos recuerda que todos nosotros hemos perdido la «primera vestidura» y, por tanto, el esplendor de Dios. Al pie de la cruz los soldados echan a suerte sus míseras pertenencias, sus vestidos.

Estaba la Madre dolorosa

junto a la Cruz, llorosa,

en que pendía su Hijo.

Su alma gimiente,

contristada y doliente

atravesó la espada.

¡Oh cuán triste y afligida

estuvo aquella bendita

Madre del Unigénito!.

Languidecía y se dolía

la piadosa Madre que veía

las penas de su excelso Hijo.

¿Qué hombre no lloraría

si a la Madre de Cristo viera

en tanto suplicio?

¿Quién no se entristecería

a la Madre contemplando

con su doliente Hijo?