La necesidad de unos sólidos cimientos




“Urge difundir la luz de la doctrina de Cristo. Atesora la formación, llénate de claridad de ideas, de plenitud del mensaje cristiano, para poder después trasmitirlo a los demás. No esperes unas iluminaciones de Dios, que no tiene por qué darte, cuando dispones de medios humanos concretos: el estudio, el trabajo”. (San Josemaría Escrivá, Forja 214)

Una de las características del mundo moderno en el que vivimos es la competitividad que existe. A los trabajadores se les exige un gran esfuerzo personal en sus trabajos y una gran especialización. Los campos del saber se han seccionado enormemente y cada cual tiene una grave responsabilidad en un determinadísimo aspecto de su trabajo.
Esta situación hace que el trabajador que quiera estar al día, tenga que dedicar muchas horas a la semana al estudio y a la lectura de sus especialidades. Se convocan cursos, masteres, simposios.

En nuestro compromiso apostólico por dar un verdadero testimonio de fe en el mundo, también se nos exige seriedad y verdad en lo que decimos.

Hay que derrocar la cultura preexistente, escribía Mao-tse-tung, para sustituirla por otra edificada sobre valores distintos y contrarios. Para ello hay que llevar a cabo una tarea de educación y de culturización, de educación en la escuela y de culturización en la vida diaria.

Si por un instante nos paramos a pensar y nos constituimos en observadores objetivos de la realidad, podemos descubrir, que esta labor de “educación” y “culturización” a la que se refería Mao, avanza como un río caudaloso, lenta pero segura. Abarca no solo la prensa, el cine la TV, el video, la novela, la música y hasta las lecturas infantiles. Lo que se pretende es un cambio en las ideas, en los criterios morales, en la vivencia religiosa. Esta última se relega al ámbito de lo individual es decir algo que está bien en el plano de la realidad individual, pero que estorba en lo social.

Para poder enfrentarnos a la falsedad, para poder ser auténticos testigos de la verdad, es necesario hacer acopio de una gran formación , hay que leer, estudiar, meditar, hacernos portadores de un inmenso amor a la verdad que nos impida caer en el engaño; un rearme ético que nos proteja contra el error, un espíritu que nos comprometa en la lucha a la que nos estimula el Magisterio de la Iglesia cuando nos aconseja:

“Es la persona humana la que hay que salvar, y es la sociedad humana la que hay que renovar” (Gaudium et Spes)

Es la misma Constitución Apostólica, la que tras un profundo análisis sobre las causas del ateismo dice :

“... en esta génesis del ateismo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa , moral o social, han velado mas bien que revelado el autentico rostro de Dios y de la religión”.
Tenemos que estar preparados ante los retos de este nuevo milenio. Como el santo Padre Juán Pablo II nos escribió en la Novo Milenio Ineunte:

“para la eficacia del testimonio cristiano, especialmente en estos campos dedicados y controvertidos, es importante hacer un gran esfuerzo para explicar adecuadamente los motivos de las posiciones de la Iglesia”.

Sobre todo y muy claramente, sabiendo razonar la doctrina cristiana defendiendo los valores radicados en la naturaleza misma del ser humano.

La formación es un compromiso que adquiere el hombre y la mujer que desean conocer a Dios en profundidad, y no solo eso, si no darlo a conocer a los demás.