lunes, 20 de enero de 2014

El Cura de Ars y el sacramento de la confesion





Hoy en dia , revisar la propia conducta con la intención de rectificar, parece algo fuera de lugara muy pocos parecen revisar la propia conducta con intencion de rectificar. Se saltan la disciplina de partido, pero no se deja el escaño. Se forma parte de una trama de corrupción pero no se dimite del cargo. Por eso, me parece adecuado y coherente , exponer el texto que sigue sobre el Cura de Ars y el ministerio de la confesión.

«La vida de Juan María Vianney transcurrió en el confesonario». Decía el abate Alfred Monnin, que estuvo con el Cura de Ars durante más de cinco años y que luego sería su biógrafo. Algunos aspectos distintivos de la cura de almas, tejida por el santo patrono de los párrocos en la sombra discreta en que se celebra el sacramento de la penitencia, los ha delineado recientemente Philippe Caratgé, moderador de la sociedad sacerdotal San Juan María Vianney, en una relación al congreso internacional que se celebró en Ars a finales de enero, cuyas actas se publicarán próximamente.
Para el Cura de Ars –se deduce de sus lecciones de catecismo– una buena confesión ha de ser humilde, sencilla, prudente y total. Hay que «evitar todas esas acusaciones inútiles, todos esos escrúpulos que hacen repetir cien veces lo mismo, que le hacen perder tiempo al confesor y ponen nerviosos a los que están esperando para confesarse». Hay que «confesar lo que es incierto como incierto, y lo que es cierto como cierto». Lo esencial es «evitar toda simulación: que vuestro corazón esté en vuestro labios. Podéis engañar a vuestro confesor, pero acordaros de que nunca engañaréis a Dios, que ve y conoce vuestros pecados mejor que vosotros». Él mismo pasaba poco tiempo con los que iban a arrodillarse ante su confesonario, para que hubiera tiempo para todos. Confesiones breves, pocas palabras. Y, sin embargo, todos los penitentes se sentían objeto de interés y solicitud especial, de una dedicación siempre atenta a aprovechar cualquier mínima apertura a la acción del Espíritu, que «como un jardinero no acaba nunca de trabajar la tierra» (Caratgé), también las de los corazones más endurecidos. «Para mí», dice san Juan María respecto a la reparación que se ha de pedir a los penitentes, «le diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos». Lo importante, dice el Cura de Ars, es tener por lo menos un poco de contrición de los pecados propios . Con una contrición perfecta somos perdonados «incluso antes de recibir la absolución». Por tanto «hay que dedicar más tiempo a pedir la contrición que a examinar los pecados ».
Para el Cura de Ars, la confesión es el don inimaginable que Dios saca por sorpresa para salvar a sus hijos en peligro: «Hijos míos, no se puede comprender la bondad que ha tenido Dios para instituir este gran sacramento. Si hubiéramos tenido una gracia que pedir a Nuestro Señor, nunca se nos habría ocurrido pedirle esta. Pero él ha previsto nuestra fragilidad y nuestra inconstancia en el bien, y su amor le ha llevado a hacer lo que nosotros no nos habríamos atrevido a pedirle nunca».
Aún más, es un don que revela de la manera más íntima la naturaleza misma del misterio de la Trinidad. Encerrado en su confesonario, el corazón sencillo del Cura de Ars saborea de manera incomparable el misterio del corazón mismo de Dios. Los perdones imperfectos de los hombres parecen a veces dadivas concedidas a caro precio, hechas cuando queremos parecer buenos. El perdón de Dios es algo totalmente distinto. «Cómo podemos desesperar de su misericordia, desde el momento que su mayor gozo es perdonarnos», escribe el Cura. Por eso el tesoro de la misericordia divina es inagotable, y nadie puede computar los dones de la gracia. Como si fueran deudas que antes o después se han de pagar, y que saldamos con nuestras acciones. Porque para Dios mismo perdonar es el máximo goce. Y esto lo convierte en mendigo del corazón del hombre. «Su paciencia nos espera», asegura el santo Cura de Ars. Más aún: «No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él».