domingo, 17 de diciembre de 2006

Laicidad, no laicismo


Durante la Edad Media, la laicidad revistió el significado de oposición entre los poderes civiles y las jerarquías eclesiásticas; en cambio, en los tiempos modernos, ha asumido el significado de exclusión de la religión y de sus símbolos de la vida pública, confinándola al ámbito privado de la conciencia individual. A la laicidad, pues, ha sido atribuida una acepción ideológica opuesta a la que tenía en su origen.
Vivimos en un período histórico que exalta los progresos que la Humanidad ha cumplido en muchos campos del derecho, de la cultura, de la comunicación, de la ciencia, de la tecnología. Pero, al mismo tiempo, es patente el intento, por parte de algunos, de excluir a Dios de cualquier ámbito de la vida, presentándolo como antagonista del hombre.
En base a esta concepción, se habla de pensamiento laico, de moral laica, de ciencia laica, de política laica. Hay una visión arreligiosa de la vida, del pensamiento y de la moral, una visión en la que no hay lugar para Dios, para un Misterio que trascienda la pura razón, para una ley moral de valor absoluto.
A la luz de estas consideraciones, no es ciertamente la expresión laicidad la más adecuada, sino su degeneración en laicismo , la hostilidad con que viene aplicada cualquier forma de relevancia política y cultural de la religión. Tampoco es signo de sana laicidad el rechazo a la comunidad cristiana y a los que la representan legítimamente, respecto al derecho de pronunciarse sobre los problemas morales.

(9-XII-2006)