viernes, 9 de junio de 2006

Radiografía del proceso de creación del hombre nuevo


Estos son los pasos progresivos en este calculado proceso envilecedor de la desculturación. Primero se disminuye “el coeficiente intelectual” con la saturación de la percepción por los sentidos, la educación laicista y la falsificación de la historia.

De seguido se aminora “el índice correcto de moralidad objetiva” con la implantación ad nauseam de una antropología inmanentista, por esencia permisiva por su relativismo intrínseco. Supone de facto, día a día, la imposición a fortiori de una cosmovisión dominante radicalmente anticristiana, el continuo sometimiento a la tortura del constante lavado de cerebro por los perennes creadores y manipuladores de la opinión pública, omnipresentes en todos los medios.

Este pensamiento único busca subvertir la civilización cristiana y la misma ley natural. A base de repetición machacona de ideas en los medios de comunicación, siempre en esta línea unívoca, y tengamos que toda comunicación tiene una dimensión moral (Juan Pablo II, 2004:1,2), nuestro criterio se va asemejando a lo postulado y las ideas son asimiladas casi sin crítica, pues no hay tiempo para reflexionar por la vertiginosidad de los sucesos como si de verdades objetivas se tratasen. Y así, poco a poco, vamos cambiando nuestros criterios de comportamientos sociales, morales, éticos y religiosos.

Promoción constante del materialismo hedonista, sensualidad y frivolidad en diálogos, modos de vestir y de comportarse son un ingrediente habitual. El tratamiento general de los temas es epidérmico preconizando lo instintivo. Se hunden las virtudes cristianas, las verdades eternas, los principios inmutables y los principios esenciales fundamentales. El sentido moral de la vida muda en sinceridad en los sentimientos como el núcleo de la conducta moral.

No ajeno a este provocado proceso de deterioro moral de la sociedad se presenta la “neobabelización” del lenguaje (López Quintás, 1979, 1998, 2001). El lenguaje nos construye y muchos términos son ambivalentes. El manipulador de manera astuta, envilece y rebaja el lenguaje difuminando el significado propio al incorporarle acepciones equívocas siempre en sentido unilateral de promover la asunción de conductas aberrantes. Aquí el manipulador, que quiere vencer sin convencer cambiando subrepticiamente el sentido de los términos, busca influir en los centros de decisión de las personas. Tácticas paralelas que persiguen igual fin son el uso de expresiones eufemísticas que enmascaren la realidad de la acción ilícita, v.gr. “despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo” o “derecho a una muerte digna” por aborto y eutanasia respectivamente; o la utilización de los términos “talismanes”, con su poder de sugestión y seducción que llevan implícitos (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:687-695; López Quintás, 2001; Schooyans, 2002).

Un tercer paso busca eliminar de la sociedad el “elemento religioso”, aduciendo que es algo que ha periclitado, una creación artificial e incluso dañina para el progreso de la persona humana. Sí se acepta en la sociedad un cierto deísmo, por esencia subjetivo, que enraíza con el racionalismo, el librepensamiento y la propia Ilustración. Los principios deístas en un primer momento fueron esgrimidos para lograr el cambio en las estructuras políticas y religiosas, con la separación Iglesia-Estado y la libertad religiosa. Con posterioridad las tendencias más liberales de las diferentes iglesias unido a la progresiva asunción de una mentalidad democrática y de tolerancia, en sentido permisivo, ha acentuado el deísmo. Consolidado éste, el paso siguiente, evolución lógica del deísmo por otra parte, es el agnosticismo o el ateísmo. Por ello constantemente se imbuyen en las mentes y en las almas prejuicios a fin de abolir el Cristianismo, verdadero objeto de esta guerra contra Dios.

La temática de muchos programas televisivos ridiculiza a la Iglesia Católica, directa o indirectamente. Hasta con virulencia, burdas caricaturas. Se muestran modelos y conductas de vida no edificantes y fuera de una cosmovisión cristiana de la vida. La identificación psicológica con estos personajes es esencialmente buscada.

¿Qué es antes, el huevo o la gallina? ¿La televisión refleja la sociedad, o es la propia sociedad la que influye en ella?

Se pregunta Gutiérrez García (2001:512,513) si los hábitos morales configuran los programas televisivos o si estos programas van configurando la conducta moral poco a poco. Respondemos que ni lo uno no lo otro.

Surge en varios autores (Cervera, 1984; Coston, 1958, 1974; López Padilla, 2003, 2005; Ratier, 2005; Sanahuja, 2003; Schooyans, 2002; Virion, 1965, 1967b) una tercera hipótesis, que el propio Gutiérrez García (2001) también parece querer apuntar, con verosimilitud de plausibilidad. Fuerzas ocultas del dinero, de la política y de las ideologías están impulsando e imponiendo desde poderosos organismos supranacionales, incluso manu militari, conforme estrategias milimétricamente calculadas, una dictadura hegemónica con acentuados rasgos de feroz totalitarismo anticristiano.

Se busca el advenimiento de un “nuevo orden mundial”. Las ideas madre de la masonería son asumidas e imbuidas a la “masa” como necesarias para su plena realización: odio a la Iglesia, destrucción del orden sobrenatural, ruina de la moral cristiana, derrocamiento de toda legítima autoridad, y aniquilación de todo sistema establecido por el cristianismo (Caro Rodríguez, 1951; Virion, 1967a). Nos encontramos frente a un perfecto plan prediseñado, preconcebido para acabar con la Iglesia Católica [2]. La Dictadura mundial única suplantaría de facto el propio Decálogo por “La Carta de la Tierra” (Caturelli, 2004:413, mayo-junio-julio; López Padilla, 2003; Sanahuja, 2003: Schooyans, 2002).

Florecen múltiples panteísmos promovidos por sistemas filosóficos anticristianos; entre ellos destacan los que deificando la tierra, afirman la paridad de la especie humana con los animales y los vegetales, así como el reconocimiento de derechos para los animales y deberes de los hombres hacia ellos (De la Santa Cruz, 1997, marzo-abril; Singer, 1984, 1998).

Estamos dominados por la información y el pensamiento único impuesto por los poderes mundialistas, un mundo donde el Gran Hermano ve, oye, escucha, lee, dirige y controla todo (García Mostazo, 2003); un mundo donde se posterga la verdad y el bien en pro de un humanismo relativista intramundano. Racionalismo más ilustrado, radical heteronomía, hedonismo extremo, nihilismo ontológico y solipsismo de la conciencia como rasgos más destacados de este hombre nuevo.

Nos hallamos delante de grupos poderosos dominantes que arrastran y que configuran el conjunto de la sociedad, buscando la instauración progresiva de un “supergobierno mundial”[3] que impondría un discurso unilateral gracias al control de la cultura, la información, la salud, la economía, la política y el derecho (Sanahuja, 2003; Schooyans, 1991, 2000, 2002).

La imposición de la “colonización totalitaria ideológica” no tiene límites: cultura estandarizada, promoción de una concepción fisicista y materialista de la naturaleza (Randle, 1993, enero-febrero), ética “fundamentada” en el indiferentismo religioso y relativismo moral, del todo incompatible con la concepción de una verdad moral absoluta y hasta con la simple ética natural, reinterpretación y prolongación de la lista de los derechos humanos negando su fundamento ontológico (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:704,855-868; Schooyans, 2002), o asesinatos selectivos en campañas de “salud sexual y reproductiva” y “aborto seguro”; no son sino herramientas de un diabólico proceso mundial de destrucción política, económica, social, cultural y religiosa. El sistema político elegido para este proceso de aniquilación total es la democracia, por la alianza inseparable democracia y relativismo ético (Sanahuja, 2003).

Estas tenebrosas fuerzas, que son las que manejan los hilos del poder oculto mundial acabarán arrogándose el derecho de definir y decidir el bien y el mal (Schooyans, 2002). Un nuevo Estado Mundial totalitario que reduce la persona a esclavitud por anemia religiosa inducida, sin fuerza de espíritu, se impone dominador de la mente y los espíritus. El proceso de adoctrinamiento y programación de la masa para que obedezca descrito por Aldous Huxley en su obra Brave New World parece estar cumpliéndose.

Extrado de un ensayo de José Martín Brocos Fernandez en el nº 91 de la revista Arbil

http://www.arbil.org