Emmanuel Mounier y el personalismo




Yo no me soy presente a mí mismo si no me doy al mundo, he aquí el drama. Sólo se posee lo que se da. (...) sólo se posee aquello a lo que nos damos, sólo nos poseemos si nos damos."
Emmanuel Mounier

La doctrina elaborada por este filósofo francés se localiza históricamente en el tiempo entre los años de 1930 a 1950; esto es, con una comprensión del mundo que tenía todavía fresca o reciente la experiencia de dos devastadoras guerras mundiales. La Primera Guerra Mundial posibilitó que la obra de Mounier “Manifiesto al Servicio del Personalismo” contara con un material de posguerra muy rico para el debate y la crítica profunda. El “Manifiesto” personalista fue escrito cuando el autor francés contaba con treintaiún (31) años de edad. La fecha exacta del prefacio de su obra en mención tiene como fecha 1936; es decir, cuando en el mundo primaban las ideologías sistémicas que en lo político se consolidaban como bandos contrarios e irreconciliables a la luz de sus principios, aunque flexibles a la hora de las transas o coaliciones por conveniencia táctica y circunstancial.

En el contexto de su doctrina, se puede decir que Mounier esbozó cinco puntos, a manera de recetario, que se hacen necesarios para que pueda llegar a desarrollarse una sociedad personalista y comunitaria:

1.- Salir de sí mismo; esto es, luchar contra el “amor propio”, que hoy denominamos egocentrismo, narcisismo, individualismo;

2.- Comprender: Situarse en el punto de vista del otro, cual empatía; no buscar en el otro a uno mismo, ni verlo como algo genérico, sino acoger al otro en su diferencia;

3.- Tomar sobre sí mismo, asumir, en el sentido de no sólo compadecer, sino de sufrir con el dolor, el destino, la pena, la alegría y la labor de los otros;

4.- Dar, sin reivindicarse como en el individualismo pequeño burgués y sin lucha a muerte con el destino, como los existencialistas. Una sociedad personalista se basa, por el contrario, en la donación y el desinterés. De ahí el valor liberador del perdón;

5.- Ser fiel, considerando la vida como una aventura creadora, que exige fidelidad a la propia persona.

(...) Los tres ejercicios esenciales de la formación de la persona son, pues: la meditación, en busca de su propia vocación; el compromiso, reconocimiento de su encarnación; la purificación, iniciación a la entrega de sí y a la vida en los demás. Si la persona falta en alguno de ellos, fracasa.