lunes, 12 de junio de 2006

El lenguaje como instrumento de subversión




"Siempre ocurre que con las mejores intenciones se
han producido las peores obras"
(Oscar Wilde)

Que es lo que hace al hombre realmente libre, ¿la fama?, ¿el dinero?, ¿el poder? y, de ser así, ¿qué ocurriría si cesaran estas circunstancias?, ¿se acabaría la libertad del hombre?. Ciertamente no, el hombre es mucho mas que todo esto, al hombre le hemos aplicado un coeficiente reductor que dice poco de lo que es , el hombre según Pascal es muy superior al hombre y yo estoy totalmente de acuerdo con esta afirmación. Se acerca el momento del referéndum sobre el estatuto de Cataluña. El Gobierno se la ha de jugar también con sus decisiones sobre el fin de ETA.La locuacidad de nuestros políticos se vuelve eufórica, la demagogia se convierte en la reina de la cotidianeidad. Tertulias, manifestación de intenciones, comentarios de cafetín, discursos programáticos. Todo ello va formando un bosque cuyas hojas nos van ocultando poco a poco el sentido de la realidad, oímos mucho pero, no entendemos nada. Hemos aprendido a manejar el lenguaje, a manipularlo. Nuestros políticos, intelectuales, artistas, (también ellos se manifiestan ante situaciones sociales como tal colectivo) se han apuntado a esta especie de revolución que desde hace algún tiempo esta agitando nuestra sociedad y, que de un modo solapado -apenas perceptible para multitud de personas- lleva a cabo una lenta e implacable alteración de la escala de valores teniendo el lenguaje como instrumento esta subversión de valores va afectando poco a poco no sólo a ciertas concepciones de la vida sino a la calidad misma de nuestra existencia como personas.
Esto no es algo nuevo, ya se quejaba de ello San Agustín :
“Que miserable era entonces y como me hiciste sentir mi miseria, el día que me preparaba para recitar un panegírico del Emperador, en el que tenía que proferir muchas mentiras, y mintiendo, iba a ser aplaudido por aquellos que sabían que yo estaba mintiendo”.
Aquí es donde pretendía llegar, no a la mentira, si no a la verdad. En ella, en la verdad, reside la auténtica libertad, no hay libertad sin verdad y eso es lo que debemos exigir a quienes nos prometen sin medida. La verdad, nítida, sin ambages con un lenguaje claro, diáfano, llamando a cada cosa por su nombre y, cuando se hierre o no se esté a la altura de las circunstancias, reconocerlo pues, en palabras de Joseph Ratzinger:
“La incapacidad de reconocer la culpa es la forma más peligrosa imaginable de embotamiento espiritual, porque hace a las personas incapaces de mejorar”
Ante la insiceridad o la falta de transparencia nuestra reacción ha de ser de firme rechazo.