San Francisco de Sales:dos lecciones para alcanzar la virtud

La primera lección que nos enseña nuestro Santo Patrón para la adquisición de las virtudes el conocerse a sí mismo. La mansedumbre y la humildad son el cimiento de la adquisición de todas las demás virtudes, pues sólo puede dominarse a sí mismo aquél que reconoce su flaqueza y está dispuesto a doblegar la voluntad. Asimismo, el domino sobre sí mismo hace al hombre abierto, acogedor y dulce para con los demás. No podemos trabajar en aquello que no vemos, y necesitamos humildad para ver, pues lo que necesitamos ver no es algo que necesariamente nos gusta ver: nuestro propio pecado. Aquél ciego a quien Jesús curó en sábado dijo a los fariseos: Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo. (Jn. 9:15). Tenemos que, como San Francisco de Sales, permitir que el Señor ponga el barro de nuestro pecado ante nuestros ojos, luego lavar ese barro con el agua de la oración, la mortificación diaria, la penitencia, y esperar en Dios que podamos algún día ver como él vio.

¿Qué veía San Francisco? Ésta es la segunda lección que nos da en la adquisición de las virtudes. Su mirada estaba fija en Cristo Crucificado. De hecho, culmina una de sus grandes obras: el Tratado del Amor de Dios, con un capítulo titulado: Que la palabra Calvario es la escuela del amor. Nos dice a las religiosas: “Vivid toda vuestra vida y modelad vuestras acciones sobre la cumbre del Calvario, y Dios os bendecirá.” Esto lo decía con la autoridad del que vive aquello que aconseja. Ya hemos dicho que la dulzura de San Francisco no era innata, sino que la ejerció... Y la ejerció junto a todas las demás virtudes, situándose él mismo en la cumbre del Calvario, contemplando al que traspasaron.