De difuntos y cenizas: cuando el rio se viste de luto

Paseando esta mañana por la rivera del Ebro, he encontrado un variado grupo de personas en edad y sexo, vestian ropas de domingo -expresión muy conocida por aquellos que hemos nacido en ambientes rurales- portaban ramos de flores y un fornido mocetón transportaba una urna. Mis cortas entendederas enseguida han deducido lo evidente : el humedo fín de los restos de quien ya habita en el valle de Josafat.

No se de la intención de la ceremónia , pero me horroriza pensar que el motivo sea la perdida de la esperanza. La cremación no es algo nuevo,según los antropólogos, la cremación del cuerpo de los muertos se practicaba ya al final del período neolítico y también encontramos algunas señales arqueológicas de este ritual en la zona habitada por los cananeos alrededor del 3000 a.C. Los poemas de Homero hablan de ella como un rito de homenaje a los héroes griegos durante la guerra de Troya y sabemos que en Roma se extendió en los últimos tiempos de la República. Pero es en las tradiciones del hinduismo donde se da mayoritariamente esta práctica que incluye la quema de la pequeña nave que transporta los restos de quien ha fallecido. También cremaban a sus muertos los vikingos hasta su desaparición hacia el final del primer milenio.Los pueblos semitas preferían la "inhumación" y la costumbre fue continuada por los israelitas y por las primeras comunidades cristianas hasta nuestros días. Al "entierro", esto es, depositar en la tierra, se agregó el conservar el cadáver en un féretro colocado en nichos o bóvedas.No es un problema actualmente la cremación y así lo ve la Iglesia y lo plasma en el canon 1176 del Código de Derecho Canónico de 1983. En el Ritual de las Exequias, promulgado el 15 de agosto de 1969, se puede leer:

"Se puede conceder las exequias cristianas a quienes han elegido la cremación de su propio cadáver, a no ser que conste que fue elegida por motivos contrarios al sentido cristiano de la vida".

Ahí es donde para mi puede comenzar el problema, en la falta de esperanza, en el obrar semejante a aquellos iluminados de la ilustración solicitaban la quema de sus cuerpos para negar "la resurrección de la carne", ya que imaginaban que la dispersión de los restos impediría lo proclamado por la fe; este fue el motivo por el que la Iglesia Católica prohibió la cremación (salvo casos de peste o situaciones de fuerza mayor) privando de sepultura eclesiástica a quienes la hubieren solicitado.

Para mí la vida continua, soy un ser creado que viaja de la nada a la eternidad, mi cuerpo esperará la unión con mi alma y el gozo será pleno. Que tristeza es sin embargo arrojar la esperanza en cualquier parte, viajar del nacimiento a la nada, ser abono de nenúfares, pensar que aquí todo se acaba.

Cantique de Jean Racine - Faure, Gabriel