Quia surrexit Dominus Vere









El firmamento duplicado en flores,
se ve en constelaciones olorosas:
ni mustias envejecen con calores,
ni caducan con nieves rigurosas:
Naturaleza admira en las labores,
con respeto anda el aire entre las rosas,
que sólo toca en ellas manso el viento,
lo que basta a roballas el aliento.

Pródiga ya la luz de su tesoro,
más claros recibió, que daba,
acrisolaron los semblantes de oro
las espléndidas luces que miraba
el Redentor siguió el sagrado coro
al pie de Cristo, y en su cruz se clava;
saludó Adán la antigua patria, y todos
después la saludaron de mil modos.


Apareció la Humanidad sagrada,
amaneciendo llagas en rubíes,
en joya centellante la lanzada,
los golpes en piropos carmesíes:
la corona de espigas esmaltada,
sobre el coral mostró cielos turquíes,
explayábase Dios por todo cuanto
se vio del cuerpo glorioso, y santo.

En torno las seráficas legiones
nube ardiente tejieron con sus alas;
y para recibirle las regiones
líquidas estudiaron nuevas galas;
el hosanna glosado en las canciones,
se oyó suave en las eternas salas;
y el cárdeno palacio del Oriente,
con esfuerzo de luz se mostró ardiente.

La cruz en la mano descubierta,
con los clavos más rica que rompida;
la gloria la saluda por su puerta,
a las dichosas almas prevenida;
viendo a la muerte desmayada y muerta,
con nuevo aliento respiró la vida,
pobláronse los cóncavos del cielo,
y guareció de su contagio el suelo.
Francisco de Quevedo