El Laico en la Escena Pública



Un testimonio de lo que puede hacer un cristiano en la política

Por Mary Ann Glendon



La historia de las luchas de Charles Malik puede ser de ayuda a quienes estén buscando modelos para ver cómo responder a la llamada a ser cristianos en contextos públicos que son, a la vez, seculares y multi-culturales.
Lo que ahora describo nace de la investigación que he llevado a cabo en los últimos años acerca del íter de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 promulgada por la ONU. Hace unos años empecé a buscar material acerca de los 18 miembros de la primera Comisión de la ONU sobre Derechos Humanos. Fueron nombrados por la ONU para tratar de enmarcar una serie de principios como modelo común al que podrían aspirar todas las naciones y culturas. Pronto descubrí que tres de ellos habían desempeñado un papel particularmente relevante. Eleanor Roosevelt, la viuda de Franklin Roosevelt, presidía la Comisión, y sobre su rol había abundante material. Al abogado francés René Cassin se le había otorgado el Premio Nobel en 1968 y acerca de su persona había mucho escrito por él mismo y por otros. Pero por mucho que intenté pude encontrar muy escasas informaciones de relieve sobre Charles Malik, el diplomático libanés relator de la Comisión. El nombre de Malik es hoy poco conocido fuera del Líbano. En los años 50 Charles Malik fue uno de los diplomáticos más importantes en la escena mundial. Estuvo ocupando casi todos los puestos más destacados en la ONU, inclusive un cargo rotativo en el Consejo de Seguridad y la Presidencia de la Asamblea General.
Sus habilidades políticas, más que cualquier otro factor, hicieron posible, en 1948, la adopción por unanimidad de la Declaración Universal de Derechos Humanos en un momento en que la Asamblea General de la ONU se encontraba profundamente dividida acerca de Palestina, la Guerra fría y muchos otros problemas.
A pesar de la eminencia de Malik, no encontré biografías, ni documentación en la ONU ni tampoco en varias bibliotecas. Empecé a temer que no existía nada, o que quizá solamente existieran documentos en Beirut y en árabe. Estaba ya dispuesta a darme por vencida cuando alguien me habló de un profesor visitante que vivía en Washington D.C., que había sido amigo de Malik. Le llamé, él ignoraba la existencia de documentos, pero me dio un número de teléfono, de doce años antes, de la casa en la que Malik había vivido hasta su muerte en 1987. No tenía mucha esperanza, pero llamé al número y una voz agradable me contestó "Diga". Pregunté si se trataba de la casa de Malik, y el hombre contestó que sí. Expliqué que estaba investigando sobre la Declaración Universal de Derechos Humanos y que me interesaba conocer algo sobre Charles Malik. Y la persona contestó "¿Qué quiere usted saber de mi padre?".
Fue éste uno de los momentos en el que ningún investigador se atreve nunca a esperar. Habib Malik me dijo que su padre dejó 212.000 escritos en la Biblioteca del Congreso en Washington y la razón por la que yo no los encontré es porque la colección quedará cerrada hasta el 2003.
Pero el hijo se estaba preparando para ir a Estados Unidos y trabajar sobre los documentos de su padre y me ofreció que me uniera a él. Me dijo, además, que durante 50 años había escrito cada día en su diario, y me concedió que leyera las páginas relativas a los años que me interesaban. El material era sumamente interesante, pero no directamente para mi tema.
Una sorpresa fue la de saber que Malik había sido un laico griego ortodoxo muy comprometido. En sus documentos había un gran número de charlas a grupos religiosos; y su diario personal (que afortunadamente estaba escrito casi todo en inglés) estaba lleno de reflexiones sobre el progreso de su vida espiritual.
Pero, una vez más, este material no tenía mucha relevancia para mi tema. Ahora bien el juntar algunas partes del diario de Malik con los documentos públicos de sus actividades durante los años transcurridos en la ONU arroja una luz fascinante sobre el tema: cómo ser un laico cristiano en la escena pública.
Y, de hecho, mientras más pensaba en este aspecto de la vida de Malik más relevantes me parecían los interrogantes de mis alumnos y de otros jóvenes de todos los tiempos. Ustedes conocen los interrogantes: ¿Cómo, de manera específica, una persona religiosa en la vida pública puede evitar los peligros de ser marginado por un lado o, por otro, de verse encerrado en una cultura sumamente secular? En un simposio organizado en Estados Unidos sobre la cuestión "¿Puede un buen cristiano ser un buen abogado?", los ponentes concluyeron diciendo que la contestación a esta pregunta era positiva, pero sólo con la ayuda de dos auxilios indispensables: la gracia divina y el buen ejemplo de los demás.
Tenemos, naturalmente, muchos ejemplos de los Escritos Apostólicos y de las vidas de los santos, pero necesitamos más modelos contemporáneos. Esto me llevó a pensar que la historia de las luchas de Malik con estos problemas puede ser de ayuda a otros que están buscando modelos para ver cómo responder al llamado a ser cristianos en contextos públicos que son, a la vez, seculares y multi-culturales. Los documentos de Malik me impulsaron también a reflexionar sobre toda la idea de una vocación relacionada con los laicos, vocación que ha sido descrita en los documentos del Vaticano II. Pedí, pues, al hijo de Malik que me diera el permiso de repetir algunas de las reflexiones más personales y privadas de su padre y estoy contenta de decir que Habib Malik me lo consintió.
Me parece que el material importante en los diarios de Malik puede dividirse bajo tres lecciones. La primera lección es que el plan de Dios para tu vocación puede ser distinto de tu plan. La segunda lección continúa diciendo que encontrar tu vocación no quiere decir encontrar la propia comodidad. Y la tercera lección quedaría más o menos así: quizá no vas a conocer nunca en tu estancia sobre la tierra los frutos más importantes de tu vocación.
El plan de Dios para tu vocación puede ser distinto de tu plan
Si jamás hubo un joven que pensó saber exactamente hacia dónde iba y por qué, éste era Charles Malik. Desde que era niño, le encantaban las matemáticas, las ciencias y la filosofía, asignaturas en las que destacaba. Tras haber conseguido el diploma de la Universidad Americana de Beirut, se decidió a sacar su doctorado con el hombre que era líder en el campo de la filosofía de la ciencia, Alfred North Whitehead de Harvard. Malik fue tan excelente en Harvard que obtuvo una beca que usó para estudiar con otro gigante de aquella época, Martin Heidegger en Friburgo, siempre con la idea de volver un día a Líbano para enseñar.
Y fue lo que hizo. Cuando tenía 35 años hacía exactamente aquello que siempre había querido hacer: enseñar en la Universidad Americana de Beirut, estar casado con una mujer que era realmente su alma gemela, y hacer aquello que, según él, merecía realmente la pena hacer. Fue indudablemente el período más feliz de su vida, y el más prometedor en la trágica historia de Líbano.
La Segunda Guerra Mundial acababa de terminar. Líbano acababa de conseguir su independencia de Francia y Malik creyó que su país tenía un destino particular. Vio a Líbano como el lugar en el que "Oriente y Occidente se unen y combinan más íntimamente que en cualquier otra parte del mundo". Pensó que la misión del Líbano era "la de permitir a Oriente y Occidente intercambiar ideas y maneras de vivir, paz y amistad" y que él podía desempeñar un papel en el gran drama "mediando las cosas de la mente y del espíritu para la juventud del mundo árabe".
Los documentos en la Biblioteca del Congreso correspondiente a aquel período nos muestran a un joven profesor que vivía a fondo su cristianismo ferviente. A continuación repito unas pocas líneas de un discurso pronunciado en una serie sobre Semana Santa en la Universidad, en abril de 1944. Habló a los estudiantes de su proprio crecimiento en un hogar piadoso, admitió que en su escuela perdió un poco el ritmo y les aseguró que era una fase normal; y luego habló de la maduración de su propia fe hasta el momento en el que aceptó plenamente que "Jesucristo es mi Señor, Rey y Salvador. En las horas oscuras de mi vida, Él ha sido la única luz y en los momentos más radiantes el único significado". Malik habló de religión organizada, diciendo: "He aprendido a apreciar la importancia suprema de la Iglesia. Sin la comunidad y los sacramentos, la vida cristiana no es estable o suficientemente profunda... El mayor milagro de todos los tiempos es la Iglesia cristiana a través del tiempo". Así, pues, en la primavera de 1944, había un laico con un claro sentido de su vocación. Por lo menos, es lo que pensaba. (Hay un tablón de anuncios fuera de una iglesia delante de la cual paso para ir a mi trabajo que dice: ¿Quieres hacer reír a Dios? Cuéntale tus planes...). En poco tiempo se trastocaron todos los planes de Charles Malik. El Presidente del recién independiente Líbano estaba buscando alguien que representara al país en la conferencia de apertura de la ONU y para que fuera el enviado de Líbano ante Estados Unidos. La inteligencia de Malik, sus capacidades lingüísticas, el conocimiento de idiomas extranjeros hicieron de él el primer candidato.
En los diarios de Malik es posible ver que este acontecimiento lo agitó en gran medida. Recuerda su primer encuentro con el mundo político y financiero de Líbano, en una fiesta, como algo terrible y espantoso. Estaba disgustado por el esnobismo, la falta de delicadeza, la sensualidad y el materialismo de los allí presentes. Añadía que no le fue posible encontrar ni a una sola persona con quien poder hablar. Pero los demás persistieron y apelaron a su patriotismo. La vigilia de Navidad de 1944, acepta. Pero en su diario vemos que se pregunta si realmente la voluntad de Dios es que él renuncie a lo que más quiere para entrar en el mundo de la hipocresía y del materialismo. Se pregunta si es realmente la llamada de Dios, o si está sucumbiendo a la adulación y a la tentación mundanas. Al final acepta, pero cuenta a su diario que es solamente por un tiempo. Y ocurrió que pasarían casi veinte años antes de que volviese a la vida que tanto amaba. Y cuando lo hizo, sus esperanzas y sueños para Líbano se habían hecho añicos.
Encontrar la propia vocación no significa siempre encontrar la propia comodidad
En la primavera de 1945, Charles Malik iba camino a América. En cualquier acontecimiento, lo que impresiona al leer el diario de Malik relativo al período de su éxito político y público en la ONU desde 1945 hasta el final de los años 50, es la revelación de las luchas interiores que perseguían cada paso del camino, hasta en momentos que representaban triunfos para los principios en los que creía.
Malik tenía 39 años cuando empezó su vida pública. Fue a San Francisco en abril de 1945 para representar a Líbano en la conferencia de fundación de la ONU. Como representante de un pequeño país y neófito entre políticos profesionales, se sintió incompetente y perdido. Buscó modelos que no encontró. Buscó aliados y tampoco los encontró. Sospechó (y se vio que tenía razón) que muchas cosas habían sido dispuestas ya por los Cinco Grandes, mucho antes de que la conferencia empezara. A mitad de los trabajos de la conferencia escribe en su diario: "Hubiera podido hacerlo mejor. He perdido muchas oportunidades. Me siento lejos de Dios, del Espíritu Santo, de Cristo. No es aquí donde debería estar. Señor, dame la fuerza de volver a Ti, haz que te ame y que al amarte me regocije en mi sufrimiento". Cuando acabó la conferencia de San Francisco en junio de 1945, Malik escribió a uno de sus viejos profesores de Harvard diciendo: "Mi interés en la política no es más que temporal. Mi corazón está decididamente en la enseñanza y en el pensamiento. Allí quiero volver en cuanto vea que mi misión esté razonablemente cumplida."
Esto es lo que pensó, pero su misión estaba sólo empezando. Ahora era Embajador de Líbano ante Estados Unidos y la ONU. En la ONU fue asignado a la Comisión sobre Derechos Humanos, compuesta por 18 miembros, y cuyo mandato era escribir el borrador de una "carta internacional de los derechos". En la primera reunión de la Comisión, los miembros eligieron a Eleanor Roosevelt como Presidente y a Charles Malik como Relator. Era el único que llamaba la atención sobre las implicaciones más hondas de su cometido. Indicaba, por ejemplo, que cuando decimos derechos "humanos" nos estamos planteando la pregunta fundamental: ¿qué es el hombre?. Su propia visión matizada de la persona humana interpelaba no solamente a los miembros del bloque soviético que querían subordinar la persona al Estado, sino también a los Occidentales, como la Señora Roosevelt, que tendían a imaginarse al individuo portador de derechos como a un ser radicalmente autónomo. Al final prevaleció la visión de Malik, y salvó la Declaración Universal de los excesos de colectivismo o individualismo.
En junio de 1948 la Comisión para los Derechos Humanos completó su trabajo sobre el borrador de la Declaración. Era el mes del bloqueo de Berlín que marcó el final de la alianza postbélica entre Rusia y Occidente. Casi todos los observadores estaban de acuerdo en afirmar que la situación internacional se iba deteriorando y que la Declaración quedaría en letra muerta de no ser adoptada pronto. Pero para poderla presentar a la Asamblea General, debía ser aprobada antes por el Consejo Económico y Social (ECOSOC) en cuyo seno, al parecer, iba a encontrar una fuerte oposición.
Quedaba, todavía, otro gran obstáculo por superar antes de que la Declaración pudiese llegar a la Asamblea General: la demanda de aprobación por el propio Comité de la Asamblea General de Asuntos Sociales, Económicos y Culturales (conocido como Comité de los Tres). Se trataba de un amplio comité compuesto por 58 miembros, uno de cada país perteneciente a la ONU. En el otoño de 1948, cuando el Comité de los Tres se reunió para la revisión final, fue elegido Charles Malik.
Y ahora ustedes se estarán probablemente preguntando: ¿Cómo explicar este ascenso meteórico de un hombre que se sentía profundamente inadecuado para la vida pública?. Todos los diarios de Malik escritos en este período indican que seguía sintiéndose forastero en el mundo de la política. Seguía sintiéndose aislado, sin aliados o compañeros intelectuales. A menudo se refiere a la soledad de Líbano, a su propia soledad.
Pero llega un momento en que Malik parece haber convertido su soledad en una fuente de fuerza. En 1947 hay un pasaje revelador en su diario en el que reflexiona sobre su fracaso en asegurar una posición importante (no sé cuál, quizá la de Secretario General) que es la única más importante que nunca ocupó. Especula sobre el hecho que, de haber obtenido el cargo, "me hubiera dejado absorber de tal manera por el entusiasmo que hubiera pasado por alto u olvidado mis necesidades espirituales… Esto hubiese ido en contra de mi apego a Cristo. Hubiese estado demasiado ocupado como para ocuparme de él. No hubiese experimentado suficientemente la más honda soledad".
Volvamos a las reuniones del Comité de los Tres en el otoño de 1948. Estas sesiones desafiaron todas las habilidades diplomáticas que Malik se había ganado a pulso. El Comité era tan amplio, y sus miembros conocían tan poco la Declaración que hubo necesidad de más de 80 reuniones para examinar el documento, arguyendo sobre cada término y línea. Malik se sentía presionado desde varias y diversas direcciones. El bloque soviético esperaba anular el proyecto prolongando los debates del Comité de los Tres hasta el aplazamiento de la Asamblea General. Sabiendo esto, la Señora Roosevelt y muchos otros miembros de la Comisión de Derechos Humanos querían llegar rápidamente a una votación. Además, estaban cansados de oír los mismos argumentos y explicaciones una y otra vez. Al mismo tiempo los muchos representantes que no conocían a fondo la Declaración tenían un deseo legítimo de estar totalmente informados y poder decir lo que pensaban.
Malik se encontraba de lleno en todo esto en el otoño de 1948. Escuchemos su voz en la página de un diario de aquel período: "Mucha actividad y muchos logros en la ONU, pero profunda infelicidad. Acabo de saber que mi artículo sobre Whitehead será publicado en el Journal of Philosophy. Esto me lleva de nuevo a mis problemas de fondo. (Estoy lejos de) el mundo del pensamiento. También estoy lejos -muy lejos- de Cristo…. No puedo volver por mí mismo. Así como un hombre no puede atravesar a nado el océano y volver a su patria, así tampoco puedo yo nadar la gran sima que me separa del ser y de la verdad. Tengo que subirme al barco seguro de Cristo. Su amor, Su cruz, Su sufrimiento, Su presencia y realidad, Él sólo puede salvarme".
Todo aquello que el mundo exterior podía ver, naturalmente, era que Malik estaba dirigiendo brillantemente la Declaración a través del Comité de los Tres. A finales de noviembre de 1948, el Comité de los Tres aprobó el texto. Ahora el problema era el de asegurar que la Declaración fuera aprobada por todos en la Asamblea General, porque cualquier "no" iba a socavar el principio de que los documentos pretendían ser universales.
Una vez más Malik afrontó el reto. En su discurso de presentación de la Declaración a la Asamblea General, indicó a cada nación dónde podía encontrar sus propias aportaciones o la aportación de la cultura a la que pertenecía. Explicó que, a diferencia de precedentes declaraciones sobre derechos nacidas de culturas particulares, la Declaración Universal era algo nuevo en el mundo. Se trataba de una síntesis compuesta de todo el pensar anterior sobre derechos. Sin duda él y sus colegas trabajaron duro, también entre bastidores. La Asamblea General adoptó la Declaración 48-0. Hubo ocho abstenciones (el bloque soviético, Arabia Saudí y Sudáfrica), ningún no. La adopción de la Declaración el 10 de diciembre de 1948, sin ningún voto en contra, fue considerada como un gran logro. Aquella noche, sin embargo, mientras que el resto de sus colegas estaban celebrando el evento, Malik no se sentía triunfador. Se fue a casa y escribió en su diario una críptica nota de Heidegger: "Demasiado tarde para los dioses, demasiado pronto para el Ser".
El primer discurso de Malik, tras la adopción de la Declaración, arroja luces sobre el porqué de su falta de entusiasmo. La Guerra Fría iba en serio, pero el reto lanzado a los derechos humanos era, en su opinión, más profundo que el desafío planteado por el Marxismo. El reto de los derechos humanos, como lo veía Malik, abarcaba tres aspectos. Suponía encontrar la justa relación entre persona y sociedad; tratar de alcanzar el equilibrio entre libertad y seguridad social y lograr una interpretación compartida de la naturaleza y del origen de los derechos humanos. Vemos que los retos por él planteados hace cincuenta años siguen en pie hoy, tras la caída del régimen soviético, y son hoy todavía más acuciantes que hace cincuenta años: prueba ésta de su agudeza mental. Pero, ¿qué pensaba Malik de su vocación política en la cumbre de su carrera política?. Lo que escribe sugiere que parece, por fin, haberla aceptado como una cruz. De hecho se refiere a su carrera en este período como a algo que él tiene que arrastrar "como una cruz purificadora". En 1949 ya se había pacificado con su incómoda vocación; más aún demuestra que ha llegado a entender lo importante que es para las personas de convicción moral ser activas en el mundo secular de la política. En un discurso a los norteamericanos les advierte que la riqueza y el poder no garantizan el liderazgo moral y añade: "Si vuestras instituciones y tradiciones no responden a un sonoro mensaje que deja huella en el corazón y en la mente de los demás y en el cual cimentar toda vuestra vida, entonces no podéis gobernar el mundo actual en el que el ser humano busca desesperadamente verdad y convicción. El liderazgo debe entregarse a otros, por muy pervertidos y falsos que esos otros puedan ser. Si vuestra única aportación consiste en una reputación distante por la riqueza, la prosperidad y el orden, no podéis mandar".
Estas palabras son tan pertinentes hoy como en el momento en que fueron pronunciadas.
Otra razón posible del sobrio entusiasmo de Malik la noche de su mayor triunfo puede ser que él sabía que muchos de sus esfuerzos habían fracasado. No había obtenido que en la Declaración se dijera expresamente que el no nacido es miembro de la familia humana.
Puede que no veamos nunca los frutos más importantes de nuestras vocaciones en nuestra estancia sobre la Tierra
A finales de los años 50, tras una brillante carrera en la ONU, Malik vuelve a ser Ministro de Asuntos Exteriores en un Líbano lacerado por la guerra civil. A partir de ese momento, ninguna de sus habilidades le salvaría de derrotas y decepciones políticas. Vio su país hecho pedazos, Beirut en ruinas, sus sueños por el Líbano mediador entre Oriente y Occidente desvanecidos en la nada. Cuando por fin volvió a enseñar en la Universidad de Beirut, los estudiantes no aceptaban lo que él tenía que decir. Al acercarse el momento de su muerte, en 1987, hasta el resultado de su mayor logro, la Declaración Universal, tuvo que parecerle a Charles Malik como algo poco prometedor. Y sin embargo, sorprendentemente, justo dos años antes de su muerte, los principios de la Declaración constituían puntos de reunión para los movimientos que causaron la caída de los regímenes aparentemente indestructibles de Europa Oriental. Y en los años que siguieron al ocaso del comunismo, la Declaración se convirtió en el punto de referencia más relevante en el mundo para las discusiones entre las diversas culturas acerca de la libertad y dignidad humanas. Hoy, la Declaración misma es atacada por muchos lados. Pero debido en gran parte a Charles Malik, el documento posee un número de rasgos que ayudará en su lucha por la supervivencia. Es difícil, por ejemplo, sostener la acusación de que la Declaración es un documento "occidental" cuando se observa la amplia participación que Malik ayudó a asegurar.
Ha llegado ahora el momento de concluir estas reflexiones con unas pocas observaciones sobre las vocaciones laicas en la vida pública contemporánea. Tengo que confesar que, al igual que muchos miembros de mi generación, yo solía pensar en la vocación como en algo que tenían sacerdotes y religiosas.
Me imagino que hasta después del Vaticano II no muchos laicos eran conscientes del hecho que el Bautismo confiere a todos los hombres y mujeres que lo reciben "una dignidad que incluye el mandato misionero" y que "la obligación de difundir la fe se impone a cada discípulo de Cristo según su estado" (Lumen Gentium 17,33). Cuántos católicos, uno se pregunta, son conscientes de la exhortación del Vaticano II: "Los que son, o pueden llegar a ser, capaces de ejercer un arte tan difícil, pero a la vez tan noble, cual es la política, prepárense para ella y no rehusen dedicarse a la misma sin buscar el propio interés ni ventajas materiales" (Gaudium et Spes, 75). O de ésta: "El esfuerzo para infundir un espíritu cristiano en la mentalidad, costumbres, leyes y estructuras de la comunidad en la que uno vive, es de tal manera responsabilidad y deber de los laicos que no puede ser realizado debidamente por otros" (Apostolicam Actuositatem, 1). Recuerdo el momento en que leí la carta de 1997 Sobre la Vocación y la Misión de los Fieles Laicos en la Iglesia y en la Sociedad. Por supuesto que el Santo Padre no hacía más que recordarnos aquello que teníamos que conocer. Pero nos lo presentó de una manera más bien exigente. Aquella carta a los laicos, quizá, nos ha hecho comprender cómo se sintieron los efesios cuando recibieron las cartas de Pablo: "Estimados efesios, dejad de divertíos, cubríos la cabeza, arrepentíos hasta ulterior aviso. Con cariño, Pablo".
Más tarde, los mensajes de Juan Pablo II a los laicos han asumido un tono más insistente en lo que al "mandato misionero" se refiere. Muchos de ustedes estaban presentes cuando pronunció su Mensaje de Pentecostés, el año pasado y dijo a los laicos que deben ser la vanguardia de la Nueva Evangelización. Hace poco en la Ciudad de México nos recordó que esto supone el deber de "evangelizar los varios sectores de la familia, de la vida social, profesional, cultural y política" (Ecclesia in America, 44).
Esto es un reto, pero el interrogante que habita hoy, creo yo, en la mente de muchos jóvenes laicos no es si aceptar o no el reto, sino cómo aceptarlo. A la mayoría de la gente, especialmente a los jóvenes, no les importa que se les pida que hagan algo difícil. Lo que desesperadamente necesitan es, además de la gracia divina, una formación adecuada y buenos ejemplos.
Leamos, por ejemplo, la exhortación del Vaticano II a los ciudadanos católicos: "Siéntanse los católicos obligados a promover el verdadero bien común, y hagan pesar de esa forma su opinión para que el poder civil se ejerza justamente y las leyes respondan a los principios morales y al bien común" (Apostolicam Actuositatem, 13,14). Hoy tenemos menos excusas que antes cuando dejamos de remediar las brechas en nuestra educación religiosa. Hemos sido siempre los herederos de la más grande tradición católica que el mundo haya conocido jamás. Tenemos un Nuevo Catecismo. No tenemos excusas para la falta de información. Y en lo que a ejemplos se refiere, tenemos el mayor ejemplo de todos, la vida de Cristo, con las vidas de María y de todos los santos que han vivido en los distintos siglos. Naturalmente añoramos modelos más cercanos a nosotros, que han sabido afrontar los problemas contemporáneos y que, quizá, hayan compartido más los temores y los fracasos de nuestro siglo XX. Como es natural, el contemplar la vida de Charles Malik no puede indicarnos a cada uno de nosotros cómo encontrar nuestro camino a través del bosque, pero me parece que nos ofrece algunas buenas reflexiones.
Hay dos partes de su historia que me hacen pensar enormemente. Es sumamente interesante ver cómo él llegó a considerar el sufrimiento y la soledad como algo que no hay por qué considerar necesariamente como malo. Y otra lección sacada de la historia de Malik es que no tendríamos por qué preocuparnos tanto si no vemos progreso en nuestros esfuerzos. Una vida humana es bastante corta. Pensemos en aquello que para la mayoría de nosotros es la vocación más importante de todas: la paternidad y maternidad. ¿Cuántos buenos padres habrán muerto temiendo haber fracasado en el cometido más importante que Dios les había encomendado: educar a sus hijos?. Pero todos conocemos casos, a Dios gracias, en los que las oraciones, los esfuerzos y los sacrificios de madres y padres han dado frutos más tarde. Respecto a esto pienso que es San Ignacio quien nos dio el consejo más sabio: actuar como si todo dependiera de nosotros, con la convicción de que, al final, todo depende de Dios.
(Extractos de una conferencia de la Profesora Mary Ann Glendon, catedrática de Derecho en la Universidad de Harvard).