martes, 21 de agosto de 2012

Gozo

¡Qué dolor en mi corazón! 
 ¡Qué dolor!
 ¡Qué gozo en mi alma! 
 ¡Qué gozo! 
En mi corazón arde la pasión como un fuego.
 En mi alma se ha puesto una luna de tiniebla. 
¡Oh almizcle!
 ¡Oh luna! 
¡Oh ramos sobre la duna!
 ¡Qué verde! 
 ¡Qué esplendor!
 ¡Cuánto aroma!
 ¡Oh boca sonriente, cuya humedad adoro!
 ¡Saliva cuya miel he probado!




Lejos de Murcia, su cuna natal, en la ciudad de Damasco, moría en 1240, el murciano más universal de todos: Muhidin Ibn-al-Arabí, compañero de exilio de Al-Qartayanní. Fue, acaso, el mortal que más experiencia divina tuvo, dato que pudo corroborar personalmente el mismísimo Averroes, quien únicamente por la vía de su aristotélica razón podía asumir la idea del Único. Hoy, su tumba de Damasco es lugar de peregrinaciones y congregación de creyentes en busca de cura milagrosa o edificación interior.
Nació en 1164, emigró con toda su familia a Sevilla; una familia en la que ya abundaban los sabios, los reyes e incluso los místicos. Casó muy joven con Marián, quien le comunicó un sueño en el que Dios le mostraba el camino de los sufíes: sumisión divina, fe viva, paciencia, firmeza y sinceridad. Viajó y vivió por todo el territorio islámico, sufrió cárcel por anteponer al halago al poder, el servicio a Dios. En 1198, con ocasión de una de sus últimas visitas a Murcia, recibió el encargo divino de “ejercer el apostolado”. Su vida está llena de hechos portentosos, como el que le acaeciera en Túnez: el poema que estaba componiendo, a solas, era recitado a la vez en Sevilla por una joven. Más tarde, en Bugía, nos dice que contrajo matrimonio con “todas las letras del Alifato (Alfabeto árabe)”, lo que le confiere el secreto de la escritura. En La Meca se enamoró de Nizán, hija del Imán de una mezquita de la ciudad, y nos dejó un hermosísimo poemario ocasionado por tal suceso: Tarjum´n al-axvaq (“El intérprete de los sueños”).