sábado, 16 de enero de 2010

Haiti II


«¿Es que el Señor nos rechaza para siempre

y ya no volverá a favorecernos?

¿Se ha agotado ya su misericordia,

se ha terminado para siempre su promesa?

¿Es que Dios se ha olvidado de su bondad,

o la cólera cierra sus entrañas?»

(Salm 76)

Cuando el dolor llega al colmo y se quisiera alejar el cáliz del sufrimiento (cf. Mt 26,39), las palabras explotan y se convierten en pregunta lacerante, . Este grito interpela el misterio de Dios y de su silencio.

El salmo 76 es, pues, una oración para los tiempos de prueba, y de prueba prolongada. Todos nosotros conocemos estos trances y, si para algunos no es ésta la situación del día de hoy, la Iglesia en esta oración quiere «llorar con los que lloran» (Rm 12,15); cuando un miembro sufre, todo el cuerpo sufre. Unidos, pues, a todos los que sufren hoy.

No tenemos perspectiva suficiente para juzgar las catastrofes, nuestra limitación nos impide ver mas allá del dolor. Jesucristo no nos prometió jamas una vida con ausencia de sufrimiento, pero si que nos instó a la santidad. Él sufrió con nuestro dolor, sufrió con dolor , manifestó al Padre su angustia pero ante todo se abandonó en Él. Pongamos todos nuestros recursos a disposición del que sufre, pero ante todo hemos de llevar nuestra vida por el camino de la santidad, de la oración. Podemos como hizo el salmista, manifestar nuestro dolor, pero al final, como hizo el salmista, quedemosnos con la grandeza de Dios, al final comprenderemos.

Dios mío, tus caminos son santos:

¿qué dios es grande como nuestro Dios?

Tú, oh Dios, haciendo maravillas,

mostraste tu poder a los pueblos;

con tu brazo rescataste a tu pueblo,

a los hijos de Jacob y de José.









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