El Dios que preside este salmo, a quien se dirige el orante, no está impasible en su aislado cielo. Se conmueven sus «entrañas», sede de su inmensa compasión, porque el Dios de Israel es «clemente y gracioso». Hasta tal límite ha llegado su misericordia entrañable, que por ella nos visitó «el Sol que nace de lo alto» (Lc 1,78). Jesús es una nueva Luz que ha iluminado con nuevos destellos la hondura de la compasión divina: no sólo fue capaz de sentir el movimiento visceral de la misericordia, sino que enaltecido al rango de «Señor», se compadece de cuantos son tentados. Acerquémonos a este trono de gracia para que encontremos misericordia y seamos socorridos en el tiempo oportuno.
A VECES NO TENEMOS TIEMPO PARA LA REFLEXION...,DEJAD LA INEXPERIENCIA Y VIVIREIS,SEGUID EL CAMINO DE LA PRUDENCIA.NO SEAIS INSENSATOS SINO SENSATOS,USAD LAS DOS CAPACIDADES MAS GRANDES DE NUESTRO ESPIRITU: LA DE AMAR Y LA DE RAZONAR.
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martes, 1 de marzo de 2016
domingo, 12 de abril de 2015
Jubileo de la Misericordia
Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la
fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha
vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El
Padre, « rico de misericordia » (Ef 2,4), después de haber
revelado su nombre a Moisés como « Dios compasivo y misericordioso,
lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad » (Ex 34,6) no ha
cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la
historia su naturaleza divina. En la « plenitud del tiempo » (Gal 4,4),
cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su
Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su
amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona[1] revela la misericordia de Dios.
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