Carta de un Padre :Noviembre 2008


Vibrar con las necesidades de la Iglesia, en todos los continentes, es y será siempre algo muy propio de los cristianos. Esta profunda actitud del corazón se pone especialmente de manifiesto en el día de hoy, solemnidad de Todos los Santos. La solemnidad que celebramos, no sólo nos invita a recordar a la inmensa muchedumbre de almas bienaventuradas; nos transmite también una invitación a profundizar en el misterio de la Iglesia, de la que formamos parte los que peregrinamos aún en la tierra, los que se purifican en el Purgatorio y los que gozan ya de Dios en el Cielo.No se me borra el júbilo con que San Josemaría expresaba esta verdad. «En la Santa Iglesia —escribía en una ocasión— los católicos encontramos nuestra fe, nuestras normas de conducta, nuestra oración, el sentido de la fraternidad, la comunión con todos los hermanos que ya desaparecieron y que se purifican en el Purgatorio —Iglesia purgante—, o con los que gozan ya —Iglesia triunfante— de la visión beatífica, amando eternamente al Dios tres veces Santo. Es la Iglesia que permanece aquí y, al mismo tiempo, trasciende la historia. La Iglesia, que nació bajo el manto de Santa María, y continúa —en la tierra y en el cielo— alabándola como Madre»